| Deja sólo huellas, toma sólo fotos, no mates más que el tiempo.
Por Percy Rodríguez.
Recuerdo que a mediados de los noventa llegó a mis manos una fotocopia de una publicación de Promperú publicitando rutas en el departamento de Lima. Allí destacaban los conocidos Marcahuasi, Cantamarca y Huaros, Huacapune, Rupac y una ruta que decía Ayavirí – Miraflores. Sin proponérmelo, poco a poco fui conociendo cada una de esas rutas dentro del departamento de Lima –más de doce si no me falla la memoria- en los ya más de diez años de caminatas que llevo a cuestas, sin embargo el nombre compuesto Ayavirí – Miraflores, me sonaba todavía lejano, desconocido y ya casi olvidado en la guía de aquella promotora estatal. Entonces el año pasado intenté hacer esta ruta en semana santa pero el tema del transporte siempre es un problema cuando se viaja a pueblitos alejados, suelen tener viajes de uno a dos días a la semana y casi siempre es un solo carro, es por eso que aquella vez, fallaron los cálculos y no pudimos concretar el viaje a Ayavirí. Este año iba a ser igual, no había carros para Ayavirí en semana santa, increíble, fin de semana largo y no podíamos llegar a dicho pueblo, sin embargo esta vez, ante el poco transporte, decidimos hacer la ruta al revés, de Miraflores hacia Ayavirí, también con algunas dificultades para el transporte que superamos un día antes de nuestra partida.
El 09.04 a las 6:30am saltamos de la minivan, Gerardo, Martín, Jimmy, Radek, Philipp y yo. Nos encontrábamos en el cruce de la carretera hacia Miraflores y Huancaya, esta última demasiado visitada por turistas de todas la edades. No habíamos podido encontrar un carro directo a Miraflores, así que empezamos a subir hacia el pueblo por la carretera, no caminamos mucho tiempo debido a que un auto subíaal pueblo y prácticamente lo tomamos por asalto seis pasajeros más mochilas. Llegamos a Miraflores en poco tiempo y lo primero que hicimos fue tomar un desayuno miraflorino, papa huayro, queso fresco, bastante ají, pan serrano y café de cebada. Miraflores es un pueblo de gente amable, calles limpias y empedradas, teléfono y servicios higiénicos públicos limpios, nos hablaron de algunas ruinas milenarias y de extranjeros que también pisaron su pequeño pueblo, a propósito de nuestros amigos gringos Radek y Philipp –checo y alemán respectivamente- que también los visitaban. El camino, como todo camino de montaña que se preste de serlo, ascendía con un desnivel medio al inicio, pedregoso y algo húmedo, esto último por el mal clima de los díasanteriores. Todos mostraban buen paso puesto que subíamos a buen ritmo, Jimmy y Martín iban adelante y el resto los seguíamos de cerca. Tomé un par de lecturas del GPS para saber nuestraposición y altitud, la consigna este día era llegar lo más cercano posible al portachuelo del Ticlla y lo más lejos que el mal clima nos permitiera caminar, estaba lloviendo de manera constante ya más de una hora acompañado de neblina aislada. Al final del día, Jimmy y yo estábamos adelante, buscando un lugar para acampar y nos topamos con una choza y unos corrales de piedra que fácilmente nos podrían proteger del viento, entonces decidimos armar el campamento allí previo permiso de una pastora que era la dueña del lugar y vecina en una choza cercana. Al rato llegó Martín, adornadocon bolsas de plástico, y es que olvidó su poncho para la lluvia. Radek y Philipp llegaron a continuación, Philipp visiblemente afectado por el famoso mal de altura, caminaba lento, ese dolor agudo de cabeza es de lo peor cuando te da. Gerardo llegó tras nuestros amigos extranjeros pero siempre estuvo comunicado con nosotros pues teníamos radios para orientarnos por si nos separábamos demasiado. El final de ese día se daba a las 4pm, cuando todos estaban en sus tiendas y en sus sacos de dormir, luego de haber comido y listos para descansar. El flanco oriental –el que tiene menos nieve- del Ticlla nos apuntaba fijamente, así empezamos a descansar, con el cielo nublado y lluvia intermitente.
Poco antes de las 6am. el hambre me levantó, salí de la tienda a preparar avena con canela y clavo. El cielo se mostraba mejor que el día anterior, estaba nublado pero el sol se esforzaba por llegar de a pocos a nosotros. Philipp, que el día anterior estaba con soroche, este día acusaba aun un dolor de cabeza más intenso, no había comido el día anterior y no andaba con fuerzas para continuar por lo que decidió regresar a Miraflores, antes que seguir avanzando y alejarse más de población alguna. Radek, como no cabía otra decisión, tuvo que acompañar a Philipp en su retorno para asegurarse de un regreso seguro. Luego fue Martín, también acusaba un dolor de cabeza y contrapesando sus fuerzas y lo que faltaba por recorrer, decidió volver con nuestros amigos foráneos, entonces parecía que el barco quería hundirse. Finalmente vino Gerardo, que también acusaba soroche, cansancio y dudas acerca de si podría con el portachuelo del Ticlla y todo lo que venía a continuación. Decidimos que lo mejor era que regrese también, ya eran cuatro los que emprenderían el camino de retorno a Miraflores y de allí ver la manera de conseguir transporte hacia Lima. Arriba, cerca de los 4400msnm, Jimmy y yo, estábamos listos para continuar, con las mochilas al hombro, los zapatos bien anudados y seguros de que aunque el grupo se había reducido casi asu mínima expresión, podríamos culminar la ruta con éxito. Avanzamos rápidamente, hacia la caza del portachuelo del Ticlla, a 4760 msnm, la subida no fue tan pronunciada pero igual nos dejó sin aliento, un indicador que para mí significaba “no estoy en buen estado físico”. Desde el portachuelo logramos ver la larga laguna Huascacocha, hacia donde nos dirigíamos, descansamos un momento en el abra, protegiéndonos de gélido viento y luego empezamos el camino de descenso. Por ratos el sol parecía que iba a vencer, que nos iba a traer un poco de confort, y lo hacía pero al rato caía derrotado por las caprichosas nubes. Cuando teníamos el sol de compañero, aprovechábamos para tomar las fotos rápidamente. Cuando descendimos lo suficiente para ver de cerca el flanco occidental del Ticlla, éste nos mostró su mejor cara, una pared de por lo menos 300 metros de imponente nieve, por lo menos de 70°, aristas filudas y una cima coronada de nubes, casi como los seismiles respetados de la cordillera blanca, estábamos ante el punto más alto del departamento de Lima, 5897msnm y su presencia imponía respeto en la zona, así lo sentimos. La larga laguna Huascacocha, tiene una bonita playa de arena clara, la vimos desde lo alto con algunos patos nadando en su superficie. Huascacocha me trajo una extraña sensación de estar caminando sobre una faja sin fin, por más que caminábamos, no parecía que nos acercáramos al final de la laguna. En medio de la laguna nos cruzamos con un poblador de Ayavirí que subido en su caballo, arriaba varios equinos con rumbo a Miraflores, nos indicó que más abajo tomáramos la acequia de concreto y que ese rumbo nos llevaría a su pueblo. Supongo que la faja sin fin se rompió, lo que nos permitió llegar al final de la laguna, acto seguido el cielo nos premió con una lluvia más fuerte y un soplo enorme de neblina que no permitía ver más de diez metros hacia cualquier lado. Sabíamos que teníamos que avanzar por lo menos unos dos kilómetros más, ya que si no lo hacíamos así, el tercer día –el día de mayor recorrido- se nos iba a complicar. Así fue que caminamos en medio de la neblina y soportando el aguacero hasta que nos topamos con una choza y corrales de piedra,similares a la zona del primer campamento, entonces decidimos acampar en esa zona, entramos en la choza que estaba vacía, y nos sentimos más aliviados. El techo de paja tenía un orificio justo en la cúspide por donde se colaba la lluvia, Jimmy se encargó de resanar el hoyo con más ichu y adicionalmente a eso, armamos la tienda dentro de la choza. Sintiéndonos más seguros de la humedad, decidimos descansar y después de un par de horas, cuando ya estuvimos recuperados del cansancio, decidimos preparar el almuerzo – cena, arroz con sardinas con un toque de ají amarillo y pimienta, claro que luego de darnos cuenta de que las sardinas se quedaron olvidadas en el primer campamento, tuvimos que virar de plato y hacer arroz con atún saltado con ají amarillo. Más tarde también nos dimos cuenta que el azúcar se quedó en el primer campamento, por lo que tuvimos que endulzar nuestra infusión de hierba Luisa con caramelos de limón, no estuvo mal, era como Inka Kola artesanal. Por ratos los truenos nos despertaban haciéndonos creer que era un derrumbe de rocas o el río saliendo de su cauce.
El tercer día también empezó a las 6am., esta vez con un cielo casi completamente despejado, lo cual nos hacía pensar en el mejor día de la ruta. Tomamos un rápido desayuno con gelatina caliente, salchichas y pan de molde, algo de frutas secas y ya estábamos listos para el día de camino más largo. El descenso desde este punto se hace lento porque el desnivel del terreno es mínimo, siempre acompañados de la vista del Ticlla a nuestras espaldas, bajábamos esta vez muy cómodos y relajados, confiados que este día iba a ser un día completo de buen clima. Aún con sol, empezamos a toparnos con las quebraditas de montaña que bajaban cargadas de agua. Al inicio eran de dos metros y no representaban problema alguno, simplemente las saltábamos pero a medida que bajábamos, las quebradas se iban ensanchando y cargando de más agua, las primeras las cruzábamos por entre las rocas pero después, cuando el clima cambió y empezóla lluvia más fuerte que los dos días anteriores, perdíamos tiempo subiendo y bajando, tratando de buscar el punto más angosto de la quebrada para poder cruzarla, entonces empezamos a meternos con zapatos al río, ya no buscábamos la mejor manera o el estilo perfecto de salto, era cruzar sí o sí, en el menor tiempo posible, era solo la 1pm pero parecía las cinco de la tarde por los niveles de luz que teníamos. Luego de tantos cruces, el río se llevó un guante de Jimmy y casi un bastón mío, cada vez que volteábamos la arista de un cerro, apurábamos la mirada para ver la dificultad del cruce que nos tocaba superar. Una de las quebradas con las que nos topamos era realmente un río caudaloso, no había forma de cruzarla, salvo porque había una acequia de concreto que la cruzaba a manera de puente con una caída de diez metros. No quedaba otraalternativa, tuvimos que cruzar la quebrada usando la canaleta de concreto a manera de puente, ésta traía agua también pero definitivamente era un mini caudal comparado con el agua que bajaba de la quebrada. Luego de mucho caminar, llegamos a una carretera en mal estado, con derrumbes recientes y pasados que reducían el ancho de la carretera a un camino angosto y fangoso. Faltando unos diez minutos antes de llegar a Ayavirí, la lluvia arreció, parecía que el cielo se enojaba porque de todas maneras habíamos llegado al pueblo. A las 3.15pm. entramos a Ayavirí y buscamos de inmediato el transporte hacia Lima, asegurando dos asientos y luego alojamiento en el pueblo, un cómodo local dirigido por Cirilo Espilco , regidor de Ayavirí. La noche del sábado nos dedicamos a descansar y a saborear la trucha frita del mercado municipal, quedaba solamente esperar al día siguiente en la mañana a que parta el bus con rumbo a Lima. Nos llevamos un cargamento de material fotográfico, una experiencia más para el recuerdo, mayor conocimiento de la sierra limeña, y en forma personal, haber terminado la famosa fotocopia de rutas de Promperú que llegó a mis manos cuando todavía era un cachimbo universitario.
Datos de interés:
Miraflores (3600msnm) – Ayavirí (3200msnm): 42 km de recorrido
Transporte Turismo Yauyos (Ruta Lima – Ayavirí, Av. Circunvalación 1189, San Luis, Tlf. 323-5354)
Trasporte San Juan de Yauyos, (Ruta Lima – Huancaya o Lima – Miraflores, Tlf. 339-3563)
Hospedaje en Ayavirí: Contactar a Cirilo Espilco, Tlf. 5773367
|