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SAN ANDRÉS, VÍA DIRECTA- ANTICONA -TICLIO

Participantes
Sergio Ramírez
Jaime Basaldúa
Percy Rodríguez

Domingo 2/04/06:

Las piedras afiladas y oscuras, alfombra natural de la canaleta hacia el glaciar del San Andrés nos recibían como un rompecabezas caprichoso y dinámico, cambiando de posición a cada paso que dábamos y con cada metro de altura que ganábamos. Nosotros subíamos y el agua bajaba, por tramos se hacía un riachuelo de aguas saltarinas y heladas por el cual nosotros ineludiblemente teníamos que pasar; no llovía pero al estar pegados a la pared de roca de la montaña, recibíamos las gotas punzantes del deshielo de esa pared oscura e intimidante, salpicada de copos de nieve. Sergio iba adelante y subía tanteando el estrecho lugar; el principal obstáculo eran las rocas sueltas y tramos muy empinados en que había que usar las cuatro extremidades para continuar, por ahora todavía no había necesidad de usar la cuerda que llevamos, cuando llegábamos a una zona con mucha caída de agua, teníamos que quitarnos los guantes y meternos en medio para sobrepasarla. Luego de eso mis manos se ponían duras como piedras y un dolor se colaba hasta mis huesos por el frío del agua helada, pero no podíamos fallar, teníamos que asirnos bien a las rocas, a esta altura eso era lo único casi firme que podíamos encontrar y a ellas nos encomendábamos.

Descontando mis manos, no sentía frío, sentía sed, pero tenía mi termo en la mochila y en vez de parar para hidratarme, prefería continuar, siempre atento a los pasos de Sergio y a la pared que traviesa, podría soltar alguna roca, luego de esos pensamiento estimaba más a mi casco y no quería ser Jaime, que quince metros más abajo, subía con precaución pero sin casco, él tenía que cuidarse de las rocas que pudiéramos desprender Sergio, yo y la montaña. El clima hasta ahora nos iba tratando bien, un nublado a medias del cielo nos hacía estimar por lo menos un par de horas y quizá completar todas las cumbres sin rayos. Con Sergio siempre adelante se dio la primera subida de adrenalina en nuestros cuerpos. Como siempre iba tanteando las rocas para poder hacer presa en ellas e impulsarse hacia arriba, cuando al hacer lo propio en una de ellas, ésta, del tamaño de un balón de fútbol cedió y con ella la advertencia en forma de grito de Sergio que se venían rocas en caída. Yo estaba más cercano para ser impactado por lo que rápidamente pero con algunos tropezones me pegué a la pared y las rocas pasaron saludándome, mi cámara que colgaba de mi cuello, se bamboleaba también y la lente casi se estrella con la pared, por suerte a mi consentida no le pasó nada. Jaime abajo tuvo más tiempo de guarecerse cuando las rocas se dispersaron y perdieron velocidad.

Ahora tenía muchas ganas de ver la lengua del glaciar porque este tramo rocoso en el que estábamos metidos por más de dos horas ya no me estaba gustando, aunque siempre entro con respeto a una montaña, a veces se presentan situaciones en que no quisieras estar allí y anhelas la vida fácil de la ciudad, tu programa o comida favorita. Más tarde Sergio desapareció de mi vista y es que lo tapaba una acumulación amplia de rocas, la canaleta rocosa daba paso a esta pequeña meseta y al borde se encontraba ya el inicio del glaciar. Satisfecho por salir de esta parte de la montaña alcancé a Sergio que estaba en ese límite alimentándose, el contraste era evidente, la nieve blanca y reluciente haciendo frontera con la roca filuda y oscura como el carbón, ahora yo quería nieve. Llegó el momento de cumplir con el ritual de la cordada, los crampones, escarpines, arnés, el mosquetón, los nudos, la cuerda principal, la separación entre nosotros y adentro a lo blanco, a la nieve, que estaba bastante crecida y sin huellas, pareja. La abundancia de nieve nos hizo avanzar más lento y por parte hundirnos demasiado esperando lo peor, una grieta, pero las grietas no aparecieron en realidad, hoy no estaban de humor, que bueno, yo tampoco lo estaba para ellas.

Nuestras posiciones se mantuvieron como siempre, Sergio iba abriendo huella y nosotros atrás hacíamos lo necesario para no desentonar y que la cuerda no se tense, pisando con cautela aun sobre huella, los crampones se llenaban de nieve y sentía mis pisadas más pesadas, además de mi respiración. El cielo que nos vino acompañando seminublado, empezaba a cerrarse por completo por lo que mi opinión era subir al San Andrés y dejar los Anticona para otra oportunidad pero Sergio opinaba que quizá más tarde el cielo se abriera nuevamente, cosa que fue así, hasta incluso nos cayeron unos rayitos de sol. Casi al final del glaciar hay una depresión de unos seis metros y un poco más allá una enorme grieta que casi separa un bloque considerable del glaciar. La ruta natural era por el borde de esa depresión pero nosotros preferimos subir nuevamente a la pared de roca pues se veía más segura. Rodeamos la depresión por las rocas y para volver a bajar destrepamos unos tres metros de pared. La recta final para salir del glaciar es una pendiente pronunciada, parte nieve y parte roca, ésta nos sacó algunas gotas de sudor antes de llegar al collado que luego nos llevaría por toda la arista para coronar los Anticona. Cuando llegamos al collado, ya desencordados y sin crampones, un cóndor llegó con nosotros y se paseó por todo su cielo como recordándonos quién era el señor de esas tierras, o cielos debería decir.

Luego de un descanso, sentí un vacío en mi estómago y un dolor de cabeza que amenazaba ser soroche. Cuando intenté beber de mi termo ya no pude, mi organismo no quería y no podía recibir el emoliente que cargué en San Mateo. Ni modo, tendría que hacer toda la ruta con el estómago vacío, pensaba en mis restos de energía para lo que faltaba de subida y toda la bajada, medía, calculaba y llegaba a la respuesta, si podría. Lo que venía ahora era seguir la arista de roca y llegar a los tres Anticona, había que hacerlo con cierto cuidado pues en algunas partes la arista se vuelve no filuda, pero sí estrecha. La atravesamos rápido, a mí me convenía no parar, consumir la misma energía que yendo lento pero cubriendo más distancia. Sergio esta vez se adelantó y ahora aunque sin perdernos de vista nos habíamos distanciado por lo menos cien metros cada uno. Hubo un par de puntos donde había que poner nuestra concentración y agilidad para equilibrarnos y seguir recorriendo la arista. Sergio nos esperaba en el Anticona más alto, me acerqué, seguido por Jaime y subí al último peldaño de roca, el panorama se dominaba completo desde acá, a lo lejos en Monte Meiggs, Ticlio abajo, a mi derecha el Rajuntay al parecer con su eterno mal clima pues allá ya se veían las nubes negras y se escuchaban los truenos.

Suficiente unos segundos, pensé en mi provisión de energía y empezamos a bajar, algunos obstáculos fueron sorteados y hasta en el tramo final por donde no parecía haber pase, con paciencia logramos hallarlo y descender a las lomas del Anticona, salpicadas por un poco de nieve moribunda, cuánta diferencia con años anteriores en que esta zona estaba llena de ella. Veinte minutos nos separaban de Ticlio y era una bajada apacible, sin pendientes marcadas. Sergio tomó una bajada directa y pasó adelante, luego pasó Jaime y yo hice fila atrás, bajamos por la laguna de Ticlio, pasamos por una pequeña cancha de fútbol con un par de arcos de madera -yo metí gol conmigo mismo- y nos dirigimos al restaurante donde habíamos encargado las ropas de recambio. Mis cálculos habían estado bien, aún me quedaba un remanente de energía para hacer una última fotografía al San Andrés, salí del restaurante -afuera el olor de motor de camión es penetrante siempre- y caminé por su patio trasero, subí un pequeño montículo y disparé, el encuadre incluía la subida rocosa inicial, el glaciar y los Anticona, todo bonito pero nublado. Al poco rato salió el sol en Ticlio - que es como un café caliente en invierno - y le dio color a todos los cerros, pero ya no tenía rollo.

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