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VICAS - QUILCAMACHAY - JICAMARCA - PALLE

Participantes
Carlos Suárez
Gustavo Astupiña
Francisco Ramos Karina Núñez
Edy Sotomayor Mery Fashe
José Soudre
Percy Rodríguez

Todas las situaciones críticas tienen un relámpago que nos ciega o nos ilumina.

Por Carlos Suárez

Por La Ruta Del Hielo.

Hace tiempo que deseábamos realizar esta ruta, desde el noventa y cinco en que habíamos visitado la ciudadela de Cajamarquilla por las inmediaciones de Huachipa, nos había intrigado el porqué se llamaba Nevería a una zona cercana, si este lugar, más alejado de la nieve no podía estar, más bien se caracterizaba por su sequedad y aridez constante, típica de la pampa costeña. Un viejo poblador nos daría un gran indicio ¡porque bajaban en épocas del virrey los burros trayendo hielo!

El anciano sabía por tradición la historia del lugar. Consultando libros y crónicas después nos enteraríamos de que por este pueblo en épocas coloniales las caravanas de mulas y burros hacían pascana -parada- antes de ingresar a la Ciudad de los Reyes trayendo su valiosa mercancía consistente en bloques de hielo extraídos de los nevados de las punas de Huarochirí; sin querer estábamos redescubriendo un antiguo camino, muy utilizado y transitado desde hace mucha centurias, hoy ya sumido en el manto del olvido.

La ruta helada partía propiamente de los nevados -hoy inexistentes- situados encima de la laguna Tambillo, en Laraos, Huarochirí, para descender al pueblo -hoy abandonado- de Quilcamachay, lugar donde los jinetes y las recuas pasaban la noche sin temor a que su níveo cargamento se derrita -Quilcamachay se encuentra sobre los cuatro mil metros de altura-. De allí en marcha forzada enrumbaban hacia Lima, pero antes pasaban por Chaclla, Collata, Jicamarca, desde donde ya en una bajada un poco abrupta abandonaban el ichu de la altiplanicie andina para internarse por los cactus de la dura, seca y pedregosa zona yunga, por la celebre cuesta de "Las seis leguas" que tanto comentaron los cronistas, con dirección hacia el antiguo pueblo de Mama -hoy Ricardo Palma-. Veamos el recuento que hacen algunos cronistas y arqueólogos sobre esta antigua ruta.

El primero de ellos es el reverendo Pedro Villar Córdova, quien como queriendo hacer una reparación histórica del tristemente celebre Francisco de Ávila, temible cura "extirpador de idolatrías" quien en el siglo XVI acompañado de sus acólitos a sangre y fuego destruyeron templos, adoratorios, huacas, en fin, cualquier lugar sagrado que evocara a las deidades andinas, cuatro siglos después nuestro silencioso y sabio teólogo Pedro Villar "a lomo de mula" recorrerá todos los desiertos y oquedades de las serranías de Lima registrando los vestigios que aún quedaban de la esplendorosa cultura andina, ya no para el fanatismo inquisidor de aquellos oscurantistas émulos de Tomás de Torquemada sino para promover la levadura espiritual de la ciencia. Es así que este peregrino gregoriano cual "Herodoto Indiano" nos regalará uno de los primeros estudios serios sobre la historia prehispánica limense titulado "Arqueología del Departamento de Lima", en el anotará sobre el viejo camino nevero.

Por la quebrada Nieveria bajaba a la costa un camino muy antiguo que fue usado y perfeccionado por los Incas. Comunicaba el valle de Lima con las poblaciones de otros lados de los andes situadas en el departamento de Junin. Dicho camino partía de Lima por Caxamarquilla y ascendía por Xicamarca, Chacclla, Kilkamachay, Collata, Arahuay, Acobamba y Marcapomacocha hasta Tarma. En la época colonial el camino pasaba por Lachaqui, Canta, Cullhuay, Cerro de Pasco y Huanuco. En la meseta de Bombon llegaba a unirse con el antiquísimo Camino Real de los Incas, el Cápac Ñam que unía las sierras de Quito y Cuzco.

El cronista español Dávila Briceño también se refería a este viejo camino:

Viene el camino de Guanuco para la Ciudad de los Reyes por este repartimiento a San Francisco de Chacalla y por allí baja aquella famosa cuesta de Chacalla al pueblo de San Pedro de Mama, seis leguas de bajada aunque bien echadas. Del pueblo de Mama donde está Tambo Real siguen a la ciudad de los Reyes.

Bueno, nuestro bagaje histórico ya había sido consultado, así que manos a la obra, pero queríamos realizar una pequeña variante, ya que las lagunas de Tambillo en Laraos, las habíamos visitado varias veces en anteriores excursiones, así que esta variación consistiría en partir del pueblo de Vicas para adentrarnos por la quebrada Maquerhua y poder apreciar uno de los últimos rodales existentes en Lima, de la famosa Titanka -nombre autóctono- más conocida como Puya Raymondi. El rodal de Maquerhua es el más cercano pero paradójicamente uno de los más inaccesibles; se encuentra en la parte alta del valle de Santa Eulalia en su margen derecho. Para poder visualizar otros rodales en Lima hay que viajar un poco más, a Pumacoto o Huaros en Canta, o sino hasta Canchayllo en Yauyos. La ruta se ponía interesante además de la ya famosa Ruta del hielo. Iríamos por la quebrada Maquerhua, lugar que alberga como ya hemos anotado los últimos relictos en Lima de esta bromeliácea gigante que se encuentra en franco proceso de extinción. Había que contactar a la gente: Gustavo y Francisco se apuntaron rápidamente, Percy y José del grupo Rastros también, Karina nuestra amiga se anotó a última hora. El grupo ya estaba formado así que el jueves santo daríamos inicio a nuestro "pata-tours"

Jueves 24/03/05
Le cuento lector, como siempre, el parque Echenique en Chosica sería el punto de encuentro, ocho y cuarto de la mañana y la gente va apareciendo, Carlos, Gustavo, Percy, luego José y Francisco, después Karina se haría presente. Edy y Mery, una pareja docente en danzas y folklore se unieron al grupo al final. Con todos ya reunidos, fletaron una movilidad -130 soles mediante- que los llevó hasta el mismo pueblo de Vicas después de casi tres horas de viaje por la serpenteante y abisal carretera, un desvío antes de cruzar el puente Autisha los llevaría al primer destino.

Los amigos se habían informado sobre la supuesta "mala fama" de Vicas pero realmente no pudieron patentizar nada de ello, como todo pueblo de la sierra, la hospitalidad de los pocos habitantes que a esa hora encontraron era espontánea y natural. Tomaron las consabidas fotos en su plaza principal que viene a ser una simple explanada usada como campo de fútbol. Consultaron el camino con unos pobladores, verificaros el mapa y partieron rumbo a su destino. Ascendieron por una bonita cuesta, voltearon rápidamente y vieron ya a lo lejos, abajo, al pintoresco pueblito de Vicas. Iniciaban ya la caminata por la quebrada Maquerhua, pero a las dos horas una impertinente y persistente lluvia los hizo buscar algún claro para poder armar las tiendas. Encontraron en una pequeña quebrada, un espacio no muy conveniente como lo comprobarían al día siguiente por encontrarse demasiado pegado a los cerros, inclinado y expuesto a la crecida del riachuelo que bajaba por allí, pero no les quedaba otra, en varios kilómetros a la redonda no había ningún claro y la cruel lluvia a pesar de los impermeables no perdonaba. Así que "caballero nomás" decidieron levantar su primer campamento bajo la impenitente tormenta. Habían caminado recién dos horas y media, eran las tres de la tarde y las circunstancias los obligaban a refugiarse en sus tiendas, "meterse al sobre" y dar por terminada prematuramente la ruta por ese día.

Viernes 25/03/05
Clareaba, los cuculíes, las torcazas, los jilgueros anunciaban claramente el amanecer andino, era necesario
levantarse temprano para arriar el campamento y sobre todo aprovechar los primeros estertores del sol para secar las húmedas prendas. Así lo hicieron, los ¡buenos días! respectivos, un frugal desayuno, un mate, un pancito y unas galletas, serían suficiente para iniciar la jornada que el día de ayer la lluvia muy temprano la había concluido. Así que pusieron manos a la obra, un rato de tertulia entre Carlos, Gustavo y Francisco, sobre ellos nada hacía presagiar que un desprendimiento de rocas pondría a prueba la rapidez de sus reflejos.
-¡¡Cuidado allí Carlos, Gustavo!!- gritaron a coro desde el margen contrario del arroyo Percy y José que se habían percatado del hecho. Francisco detrás de una inmensa roca ya estaba a buen recaudo, pero Gustavo y Carlos que se encontraban de espaldas a la montaña, tardaron unos segundos de más, pero trataron de subsanar esta desventaja corriendo apresuradamente para guarecerse. Un mal paso y Carlos tropieza, este hecho sería providencial para poder esquivar una de las piedras más próximas que se dirigía hacia él.

-¡La sacaste barata, jugador!
-¡Una raya más!
-¡Hierba mala nunca muere¡

Los comentarios y las consabidas bromas para disipar el hálito de la mala suerte que amenazaba posarse sobre el campamento y de paso curar del susto a los protagonistas. Desarmaron las tiendas y observaron alguna de las piedras que rebotaron sobre la carpa de Francisco, había que continuar y dejar atrás este mal rato que pudo convertirse en un fatal accidente, en fin, voltear la página. Empezaron por averiguan la ruta que ya la habían digitado mentalmente. Tenían que comenzar a ascender y así lo hicieron, sería las diez de la mañana y el sol ya comenzaba a abandonarlos, pero a lo lejos alcanzaron a observar las famosas puyas Raymondi en la parte alta de la quebrada, bien arriba, pero aun así se erguían esplendorosas, apuntando al cielo, matizando el paisaje serrano. Todo en ellas es exagerado y sorprendente, les toma cien año alcanzar su tamaño máximo que es de hasta tres metros de diámetro, al cabo de ese tiempo las plantas florecen y mueren. Su inflorescencia se hospeda hasta en veinte mil flores y puede medir 11 metros la más alta del mundo.

-Allí arriba están las puyas-inquirió Carlos.
-Si, ya las vi, están bien, pero bien arriba-respondió Francisco.
-Son las Raymondi puya- replicó Carlos.
-¿Que?-dijo Francisco.
-Las Raymondi puya y más arriba veremos volando al Colaptes Rupicola -reafirmó el presunto sabelotodo.
-Tumay- se escucharon murmullos por allí, causando la hilaridad del grupo, los nombres científicos habían sido bien asimilados.

Fue la última visión porque el cielo se cerró, la quebrada Maquerhua mostró sólo unos instantes su tesoro más preciado, uno de los últimos rodales de esta bromeliacea en extinción. Serían alrededor de las dos de la tarde, el grupo ya llevaba como cinco horas de ascender sin descansar, cuando llegaron a una pequeña estancia deshabitada, pasaron de largo y unos metros más allá del camino tomaba una orientación hacia la derecha, el cual no parecía conveniente para sus intereses porque supuestamente Quilcamachay, el pueblo nevero, el bien esquivo, según sus mapas, estaba arriba pero hacia la izquierda.

-El camino es hacia la derecha-sostuvo Francisco.
-¿Crees que sea por allí, Franpisco? se preocupó Percy.
-Sí-replicó Francisco- cuando se despejó la neblina por unos instantes he visto que el sendero llega a una explanada y de allí dobla a la izquierda.
-Bueno -razonó Percy- sigámoslo y si no dobla volvamos lo andado.

Dicho y hecho, parece que Francisco había visto visiones, la ruta no había sido la correcta, así que retrocedieron y volvieron a seguir ascendiendo ya no por un camino específico sino siguiendo simplemente varias desordenadas huellas que terminaban y volvían a aparecer, así en medio de una espesa neblina que no dejaba visualizar más allá de dos metros, el contingente avanzaba sin un rumbo fijo, guiados solamente por su instinto de grupo y el olfato de Percy.

La desesperanza comenzaba a apoderarse del grupo, la supuesta ruta no tenía fin, ya llevaban varias hora subiendo por una cuesta bien inclinada, a medida que avanzaban, la neblina les revelaba que la montaña seguía creciendo mágicamente. Seis horas de ascenso con un destino incierto ya estaban minando no sólo los arrestos físicos, sino lo principal, las despensas psicológicas y anímicas de varios de ellos.

-Vamos José, no te quedes dormido, de pie- el frugal alimento, la altitud, debilitaban el cuerpo de José que amenazaba con quedarse dormido prolongadamente.
-Pronto volverá a llover, tenemos que continuar- Percy estaba seguro de haber avanzado lo correcto, consultó el mapa, altitud, latitud, longitud, todo su rollo de navegación y dirimía con Carlos.
-Sí, es por acá, estamos muy cerca- sentenció Percy.

Ya llevaban casi siete horas sin parar y la abrupta ladera no tenía cuando acabar. Por ese mundo sin terminar, con toda la humedad condensada y el atardecer en fermentación, sobre la resbalosa mala hierba y los pesados charcos volvieron a marchar. Inclinarse primero, alzar un pie de plomo luego, caminar por inercia.

-Carajo que hago acá.
-Vamos compadre, no puedes quedarte, otro paso más, vamos.

El mochilón que friega la espalda y sin embargo subir si un quejido. El grupo seguía tambaleante, cada cuerpo ya se acostumbraba a su dura realidad, como si nunca hubiesen vivido a plena luz del sol, fuera de esta inmensa, nubosa e infinita montaña.

- ¿Dónde estamos, por qué seguimos subiendo si no sabemos adónde vamos a llegar?- decía José con hablar fatigado.
-Creo que estamos perdidos- susurraba Francisco a quien quisiera escuchar.
- Ya falta poco, no os preocupéis- Carlos trataba de sembrar el escaso optimismo en esos momentos.
-Eso lo escucho desde hace horas- gruñía Gustavo.

Y lo peor, la maldita bruma que nunca se disipa, que sólo deja ver sus narices, encerrados en cuatro paredes blancas, caminando a tientas, en un limbo, en el marasmo de la nada, confiados solamente en el mapa, los números que se leen en él y en la solvencia e instinto de Percy. Hasta que la aparición fantasmal de una inmensa pared de piedras que choca casi con sus narices en medio de la neblina, abre algunas esperanzas. Percy se adelanta a inspeccionar, trepa sobre la tapia y discursa ¡Señores, hemos llegado a Quilcamachay!

"Aquiles el de los pies ligeros, señala con su espada el horizonte, los valientes aqueos cansados y perplejos contemplan como se dibuja en medio de la bruma, las puertas de la mítica y gloriosa Troya"


Sábado 26/03/05
Quilcamachay no había podido mostrar su esplendor la tarde anterior porque todo estaba nublado y andar por sus calles era como estar en un laberinto, a lo Dédalo. La noche anterior Francisco había encontrado una casa amplia y con poca maleza dentro, aunque sin techo, que les sirvió de campamento dos y aunque ya estaban a más de cuatro mil metros de altura, lograron un sueño reparador para la jornada del sábado. Algunos no saben si lo soñaron o imaginaron, pero en la oscuridad de la noche quilcamachana, se oía la voz del vate Carlos declamando aquello de "hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé".

Este sábado el sol salió más temprano para regocijo de nuestros entusiastas caminantes. Lo primero que hicieron fue sacar toda la ropa y sacos de dormir para ponerlos a secar, no podían perder mucho tiempo Típica casa de Quilcamachayporque apenas estaban en Quilcamachay y según sus planes y tiempos estaban retrasados por lo menos ocho kilómetros. El tiempo que duró el escaso desayuno y el secado de las ropas sirvió para que el grupo se aprovisionara de agua, que para ser más exactos lector, se consigue un poco más abajo del pueblo en un pequeño riachuelo que se pierde y reaparece en tramos. Algunos curiosos incluso tuvieron tiempo de entrar en el cementerio del pueblo y constatar los últimos sepelios efectuados cuyas fechas más recientes databan de 1930.

Quilcamachay es un pueblo de casas en su mayoría de piedras, las paredes son altas y los techos a dos aguas, una sola entrada principal. La única construcción que aún conserva el techado es la iglesia que muestra un portal tallado en madera que nos hace suponer el esplendor del pueblo en sus años de moda. Bien, el grupo ya está listo para darle duro este día a la caminata, esta vez se han propuesto que de todas maneras tienen que llegar hoy día a Jicamarca para recuperar el tiempo perdido y calculan unas ocho horas de camino para ello, además se percibe el mejor ánimo de los trekkers ya que el sol está calentando el ambiente y aparentemente también sus ánimos.

Bueno, el astro rey salió temprano, pero también abandonará temprano a la gente porque cuando estaban saliendo del pueblo y posando para las fotos de rigor, la insufrible neblina iba rodeándolos lentamente como en una emboscada, desde las partes bajas del cerro.

-Pucha, no jodan, ¿otra vez la neblina? pero si recién son las ocho y media- se oyó decir entre los menos entusiastas del grupo.
-Sí, ya nos fregamos- dijo una voz femenina, adhiriéndose al sentir mayoritario.

No habrían dado ni doscientos pasos fuera de Quilcamachay, cuando de pronto el viento concluyó su trabajo y dejó bien instalada a la neblina por doquier, sin visos de despejar. Ya les había sucedido el segundo día que el grupo se dividió en dos por el mismo ritmo variado de caminata, y tuvieron que contactarse a través del silbato del prudencial Francisco y así guiados por el sonido y arrejuntados nuevamente optaron por hacer fila india y que el primero no pierda de vista al segundo, el segundo al tercero y así sucesivamente. Entonces hoy había que hacer lo mismo para no tener contratiempos y así se echaron a andar con los dientes apretados seguramente cada uno pensando qué confusiones traería la neblina este día. Ahora iban por la altiplanicie, ya no habían más subidas abruptas que robaran el aliento y las fuerza a los femorales, ahora habían grandes extensiones de terreno, lomas suaves y un camino grande, mejor dicho, el camino, porque ya estaban sobre la autopista de mulas de años atrás, ya estaban sobre la Ruta del Hielo.

La geografía que les estaba tocando este día era propicia para apurar el paso y así lo hicieron en una bajada que de rato en rato la neblina se abría un poco como cortina y mostraba el camino distinguible a lo lejos. Caminaban por las Lomas de Collana, según el mapa del IGN, cuando a lo lejos y luego de 3 días sin toparse con ser humano vieron una silueta que subía casi en dirección hacia ellos, pero inclinándose un poco hacia su derecha. Era una oportunidad para pedir información valiosa por lo que Percy bajó aprisa e interceptó a la silueta. Era un amable y anciano pastor con sus dos canes también graduados en el mismo oficio. Él les indicó el camino a Collata, un pueblo previo, antes de llegar a Jicamarca. Mencionó algo importante además.

-¿Ven allá abajo la carretera?, debajo de esa roca- el anciano hacía un bosquejo imaginario en el aire.
-Sí maestro, ¿esa pequeña línea?- repreguntó Percy.
-Tómenla y no la pierdan, no salgan de ella, esa carretera va a Collata, ya están cerca- por supuesto que su "cerca" era tomado con pinzas porque es bien sabido la relatividad de tiempo y espacio en la montaña.

Entonces el grupo devoró toda la bajada, ávidos por encontrar la carretera que les llevaría a buen puerto, a Collata. Fue la media hora de radiante sol, la neblina despejó y alcanzaron sin problemas la carretera o por lo menos un camino que pretendía serlo. La carretera estaba en pésimo estado, ganada por la vegetación, los surcos hechos por filtraciones de agua, y algunos deslizamientos de tierra. Además de esta señal de la mano del hombre, pronto se toparon con torres de alta tensión que bien formaditos en fila como ellos mismos, se perdían hacia el este, al parecer trepando hacia Junín, o bajando, según se mire. El recreo sin neblina había terminado, tan rápido como desapareció, volvió a aparecer y esta vez con más fuerza.

Quienes recuerden algún capítulo de la serie de Tv de los ochenta, "Combate", con el sargento Saunders al mando de su escuadrón, podrán imaginar la escena a estas alturas de la caminata. En un paisaje de nubosidad tupida y gran vegetación de arbustos, a la vanguardia van Percy y Karina imponiendo el ritmo y despreocupados del enemigo, atrás va Edy que a juzgar por el tamaño de su mochila, es el encargado del radio transmisor de la patrulla, y más atrás el grueso de la tropa, la artillería pesada cuidando las espaldas de los posibles alemanes en acechanza, claro que a diferencia de la serie de Tv, no se asomó ni un solo alemán, ni siquiera un pastor alemán.

Seguir la carretera no tenía pierde a pesar de que la neblina apenas si dejaba verla, pero si usted lector ha caminado antes, concordará conmigo que seguir una carretera es muy monótono y aburrido e impacienta rápidamente con su avanzar en cámara lenta, con sus curvas adormecedoras y su pequeño desnivel. Es por eso que los protagonistas de este relato eligieron jugarle evasivamente a esta vía de comunicación, con perdón del Ministerio de Transportes. Entonces había que gambetearla, sacarle el cuerpo, jugarle sucio, en otras palabras, cortar camino, porque sino nunca terminarían la ruta. El pelotón ahora tomó formación de dos bandos, adelante Percy, Karina, José -muy recuperado a comparación del día anterior- y Gustavo, atrás prudencialmente a medio kilómetro, Carlos, Edy, Francisco y Mery.

Así como quien no quiere la cosa, la carretera y sus curvas fueron desapareciendo y poco a poco cedió lugar a campos de cultivo, canales de regadío y finalmente apareció el pueblo de Collata, entonces el primer descanso de más de 5 minutos fue bienvenido y celebrado. Hasta ahora no le había ido mal al grupo y a cada paso que daban, sentían que recuperaban terreno perdido de los días anteriores pero he aquí que surgió una duda. Había que llegar a Jicamarca hoy día sí o sí, siendo las dos de la tarde, el clima en ciernes y la ruta a seguir dudosa, surgió la idea del "lazarillo".

-Nos falta todavía bastante para llegar a Jicamarca, esta neblina no tiene cuando acabar y la lluvia ya amenaza- dijo Carlos.
-Es cierto- acotó Francisco.
-Que tal si buscamos un niño del pueblo para que nos guíe y le damos su propina, más de cinco lucas no creo que gastemos- dijo para todos, Carlos.
-Pero si ya estamos a tiro de gol- terció Percy- hemos hecho el 80% de la ruta a buen ritmo y sin equivocaciones.

Al parecer el guía navegante sentía que perdía piso. Aun así el grupo intentó conseguir un niño lazarillo para contrarrestar la neblina y conversaron con una señora, y otra, y otra, pero el niño elegido no aparecía, cinco, diez minutos, el tiempo no perdonaba, así que tuvieron que abandonar esa empresa y seguir confiando ciegamente en el mapa y su lector.

Para suerte de ellos, el camino que faltaba recorrer -unas dos horas más- era un camino bastante marcado y no hubieron contratiempos ni despistes, pero sí cansancio, que ya dejaba notarse a través de una disminución en el ritmo del grupo y no era para menos. De la misma manera como apareció Quilcamachay en las narices de estos caminantes, así también apareció Jicamarca y si a Quilcamachay le dicen pueblo fantasma, a Jicamarca pareciera caerle mejor este apelativo. Cuando entraron en el pueblo, en primera instancia parecía estar deshabitado, pero luego vieron que unas sombras y siluetas se movían por las calles, los zaguanes, los quicios de las puertas. Eran espectros, de miradas desconfiadas, sin palabras en los labios, medio como aterrados, como si nuestros "buenos muchachos" fueran los verdaderos fantasmas, y acaso quizá lo parecieran porque llevaban en sus rostros el rictus del cansancio. Este pequeño pueblo de poco más de 30 casas, es dueño de tierras tan extensas que llegan hasta Huachipa, San Juan de Lurigancho y Comas, en la mismísima Lima, en su mayor parte tierras bajas de la zona yunga, áridas, pedregosas, inutilizables para el cultivo, pero están allí, la comunidad campesina de Jicamarca es dueña de todo eso desde tiempos ya olvidados.

Habían llegado luego de una larga jornada de ocho horas de camino y lo que querían a gritos era un lugar seco, bajo techo donde pasar la noche. Por eso Carlos y Francisco hicieron contacto con uno de los espectros que no debía pertenecer mucho al más allá, porque hablaba, caminaba y tenía un cuarto libre por sólo "su voluntad", luego ya bien instalados en el cuarto, el grupo se enteraría que "su voluntad" en Jicamarca equivale a treinta nuevos soles. El cuarto, con piso de madera y techo de calaminas, tenía una cama, considerada lujo en aquellas latitudes, ésta fue cedida por los caballerescos muchachos a las damiselas Karina y Mery, ellos dormirían apenas cubriéndose con el yelmo de su armadura, ah y también con sacos de pluma The North Face, -15º de temperatura de confort.

Domingo 27/03/05
Entérese lector, que este día era fundamental para los diversos intereses del grupo si querían llegar ese mismo día a Lima. De lejos sería el día en que caminarían más kilómetros, el día donde debían enfrentar un desnivel de mil novecientos metros, el día donde en todo el trayecto sólo había un punto de aprovisionamiento de agua. Por todo esto, nuestros amigos, decidieron salir muy temprano y antes de las siete de la mañana ya estaban despidiéndose de Jicamarca, es decir del pueblo, porque de la gente ni polvo alguno.

El cerro Huambo con sus 4230 metros de altitud domina el paisaje jicamarquino, se erige como el faro que guiará a los caminantes por sus faldas, por sus quebraditas una y otra vez, entrando y saliendo, subiendo y bajando, así hasta llegar a una señal geográfica bien definida a decir de esta conversación.

-¿Ves allá arriba ese montículo rocoso?- le dice Carlos a Percy.
-Sí, ¿ese es el cerro que teníamos como referencia?- Percy saca el mapa para hallar el punto.
-Sí, es el Cerro la Teta- sonríe Carlos.
-No ubico Cerro La Teta en mi mapa, Carlitros- balbuce el navegante.
-No se como se llamará en realidad compadre, pero fíjate su forma, ancha en la base semiesférica y terminando con un botón en la parte alta, es una teta de piedra, ni más ni menos- concluye Carlos y parece que los cuatro días de camino ya, dan paso a otras carencias más bien carnales.

El cerro Huambo, cerro tutelar de la zona, no los dejó de observar ni por un solo instante. Celoso de los forasteros iba siguiéndolos con la mirada desde su palco preferencial por cada trecho que pasaran. Hasta que escuchó en el hablar sabihondo de uno de ellos, la extraña palabra "Chulla", entonces dijo hágase la neblina, y la neblina se hizo. De Jicamarca habían salido con un sol radiante y aunque sabían que la neblina podía aparecer en cualquier momento, en el fondo guardaban esperanzas de que no llegara, de que se fuera por otros lares. No fue así. La neblina llegó con todo su manto blanco y zas, ya estaban caminando otra vez sobre las nubes. No desespere lector, ahora voy con lo de Chulla. Unos restos arqueológicos, que de restos no tienen nada porque están bien conservados, paredes altas, piedra sobre piedra, plaza central, cerco perimétrico, asientos de confortable granito, uno que otro fémur y tibia, eso es Chulla lector y el Cerro tutelar Huambo no quería que nuestros amigos lo encontraran.

Carlos había tomado la batuta en esta parte del camino, Percy se replegaba en segundo término acusando una ampolla en el talón, el pelotón herido también con ampollas seguía persistente al ahora trekker alfa de la manada. Verdades por delante, ese cerrito Huambo estaba terminando por marearlos de tantas entradas y salidas, de tantas quebradas idénticas, en fin, ya estaba cayendo quaquer cuando de pronto se escuchó en la vanguardia:

-Los restos de Chulla deben estar volteando esa arista, estoy seguro- dijo Carlos.
-Ok Charly, wherever- la ampolla hacía hablar piedras a Percy.
-Ya le dimos vuelta a la arista y no veo nada, Chulla debería aparecer por encima nuestro- se dijo para sus adentro Carlos.
-Un segundo Carlos, creo que por aquí no es, ya son demasiadas vueltas- Percy volvía de su limbo personal y empezaba a desconfiar de la vanguardia.

En eso llegó todo el batallón en pleno, y encontró en sus guías sólo desconcierto. Como por arte de magia -y aún no estoy seguro de que no lo fuera- una anciana ataviada de la misma manera que el anciano con que se toparon el día anterior y les indicó el camino, apareció encima del grupo como a cincuenta metros. Carlos le gritó desde donde estaba:

-Señoraaa, ¿dónde está Chullaaaa?
- Atrás, atrás, deben ir atrás- dijo la anciana.
-¿Dónde, qué tan atrás?-replicó Carlos, dispuesto a reivindicarse por el despiste.
- Atrás, a la curva, cerca está- fueron las últimas palabras de la señora pues cuando volvieron a gritarle inquiriendo más datos, ya no estaba.

Carlos regresó por donde habían venido y no tardó mucho en dar con el camino a Chulla. El resto, sintiendo que sus pasos habían sido malgastados, regresó también, pero a regañadientes. Entraron a Chulla desembocando directamente en su plaza central casi circular. Se sentaron alrededor de los asientos distribuidos también en forma circular y fue el primer descanso del día. Por la mente de los asistentes pasaban tantos pensamientos, todos comprometidos fielmente con la empresa de salir al valle de Santa Eulalia ese mismo día.

-No vuelvo a mezclar ron, pisco y whisky- pensaba Carlos.
-Debí apostar por Brasil- Percy pensaba en el desenlace pelotero de la tarde.
-Acá no hay lagunas para bañarme desnudo y que me tomen fotos- pensaba Francisco.
-Ojalá que no hayan más subidas carajo- pensaba José.
-Malditas tabas Merrel, me dijeron que caminaban solas- pensaba Gustavo.
-Cómo me animé a venir sola con estos psicópatas- pensaba Karina.
-Creo que debí traer más comida- pensaba Edy.
Y como Mery no hablaba mucho, no llegamos a captar por dónde divagaba su pensamiento, quizá estaría ensayando mentalmente sus pasos de baile.

Fuera de los pensamientos muy particulares, estaba el pensamiento colectivo que debiera ser uno solo pero que en ese momento se dividió en dos. Carlos y Percy, mapa en mano habían trazado la ruta que los llevaría a Palle, en teoría claro. Francisco tenía otra opinión casi diametralmente opuesta por la dirección a seguir. Había que conciliar las ideas y finalmente se tomó la primera opción que también incluía reaprovisionamiento del líquido elemento en un puquial cuyas vagas referencias nos hacían temer no encontrar tan preciado tesoro.

Otra vez el grupo unido en una sola idea, siguió el camino y las cosas se fueron dando de la mejor manera hasta alcanzar el fondo de la quebrada Pacsa. Ya abajo había que decidir si continuar el camino que descendía o empezar a ascender nuevamente. Se supone que el camino hacia Palle era una bajada sin fin, por eso en este punto deliberaron si tomar el camino de bajada, además el más fácil, o el de subida, que parecía no llevar adonde iban. Decidieron arriesgar y tomar el camino de subida a costa de todos los indicios, porque en el mapa se veía una explanada en la parte alta de ese cerro llamado Chinchilco y desde allí una bajada directa hasta Palle por el lomo del Cerro Buena Vista.

Del puquial aún no tenían noticia y ya algunos de nuestros riders acusaban falta de agua, como José, Karina, Percy y Gustavo. Cuando llegaron al lugar donde supuestamente encontrarían el puquial, se desmoralizaron porque no había nada de nada, sólo unos arbustos y eso sí, harta neblina. Carlos insistía en que estaban cerca del puquio y Francisco ultra realista decía "olvídense del agua, compartiremos de lo que nos queda, la cosa es salir de este laberinto". Casi sin esperanzas de encontrar agua, nuestros aventureros se dieron de bruces con una estancia y un corral de cabras.

-Mira, hay una estancia y tiene el techo cubierto con plástico, señal de que hay gente dentro- fue el comentario de Francisco.
-Tienes razón, hay que llamarlos, ellos deben tener agua o saber dónde encontrarla- acotó Carlos.
- Anda tú Carlitos, parlamenta- anotó Francisco mientras que el resto de caminantes se acomodaba en las rocas del lugar para ganar unos segundos de descanso.

Y fue Carlos el que entró en la propiedad, pequeña, humilde pero privada y llamando a voz en cuello no logró respuesta alguna, estaban de malas, no había nadie que les diera agua o alguna referencia de cómo hallarla. Carlos volvió y casi se da el grupo por vencido cuando Francisco dijo que el agua la tienen en bidones y siempre fuera de la casa a lo que Carlos respondió:

-No comparito, esas no son mis costumbres
-Si no es robar, sólo tomar un poco de agua, comprenderán la necesidad- acotó Francisco.
-Nancy, así no juega Perú- se encaprichó Carlos.
-Yo voy- dijo Karina un poco por ánimo servicial y otro poco por la boca sedienta también.

Así el pelotón se proveyó de 2 litros de agua que sabían a tierra y olían a cabra pero que podían hacer, la necesidad obligaba. Partieron raudamente pero no pudiendo dejar de sentirse un poco delincuentes por tomar cosa ajena, aún tratándose de dos litros de agua empozada. Media hora más tarde aparecía en pleno camino el puquial, aquella filtración de agua que hasta en épocas de estío, brinda su frescura a los caminantes deshidratados. Cargaron nuevamente agua en sus botellas y sabiendo que no encontrarían más agua, partieron rumbo a la bajada más abrupta de la ruta.

Otra media hora más de bajada y con el perder altura, también perdían a la persistente neblina que ya se quedaba volando sobre sus cabezas. Cuando llegaron a otro claro en el cerro Buena Vista se toparon con un pastor de cabras y este en cinco palabras concisas les indicó el mejor camino a seguir para llegar a Palle. Sí, ya casi era una realidad, estaban a tiro de piedra de ese pueblo, del valle Santa Eulalia, a lo sumo, una hora y media más de bajada y sus meniscos podrían descansar plácidamente. Y bien, la hora y media pasó y uno a uno fueron llegando a las afueras de Palle, atiborrada de plantaciones de pacaes, chirimoyas, membrillos, paltas, ya se veían las tranquilas calles del pueblo y casi se podía saborear la miel de la victoria luego de 4 largos días de caminar bien andado.

Allí están llegando lector, aliste la picapica y la matraca, Percy el navegante y su desenfrenada bajada y rush final, allí viene luego Edy saltando de roca en roca, cuál Rasu-Ñiti danzante de tijeras y ritmos de huaynos, le sigue el raudo Francisco, ganador de varias competencias de carreras de montaña; emparejados entran a la recta final también José y Karina, el primero miembro fundador de Rastros en aulas sanmarquinas, y la segunda, un motorcito de 200 hp que nunca se cansa; no parpadee lector que también ya está llegando Carlos, el autor intelectual de la ruta -el culpable si se quiere- y el menos pesimista del grupo. Mire, ya viene Gustavo, aquejado por las ampollas, pero de caminar constante y al que se le debe los alías de Car-litros, Fran-pisco, Ron-dríguez y Gus-trago, ni el mismo se salva de ponerse chapas, y cerrando filas ya entra Mery, cansada pero estamos seguros que muy satisfecha por su performance en la caminata.

Así nuestros ocho fantásticos, completaron esta ruta, llegaron a Palle, luego a Chosica por un reconstituyente físico, ¡no, maca no!, sino un chifa y lo primero que se enteraron fue que Perú perdió con Brasil en el fútbol por las eliminatorias, bah que más da, ellos habían ganado en esta caminata, y mucho. Lector, vuelva a leer la cita que encabeza este relato y quizá le suene acertada su inclusión, hasta pronto en una nueva ruta.

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